No tengo tiempo…, o ¿no tengo motivación?

Con frecuencia podemos utilizar, o escuchar a otros emplear, la excusa de la falta de tiempo para justificar no haber hecho tareas o actividades que nos habíamos propuesto. ¿Por qué nos ocurre esto? En este artículo se nos invita a cuestionarnos sobre este fenómeno. Para ello podemos observar en qué nivel de mi persona nace mi motivación para un acto determinado, y qué me activa y pone en marcha de verdad.

Luis Avilés

Thu, 07/23/2020 - 18:58

Muy a menudo escucho “no tengo tiempo para tal” o, “no puedo tener un rato para eso”. En muchas ocasiones que lo he oído me ha parecido una excusa, una justificación. Siempre respeto y comprendo a quien lo expresa; pero, analizándolo, me doy cuenta de que lo que la persona realmente quiere decir es: “no tengo suficiente motivación para hacer tal, y por tanto no hay una movilización para dedicar tiempo a eso”.  Así lo traduzco.

Esto nos pasa en muchos ámbitos y momentos de nuestra vida. Decimos: “tengo que hacer ejercicio, ir al gimnasio, etc..”; pero luego no lo hacemos. Y nos tranquilizamos con: “es que no tengo tiempo, tengo muchas cosas que hacer”.  En otras ocasiones oigo decir: “No me ha dado tiempo de hacerlo”. Y ha sido una tarea para la que se tiene más de un mes de plazo y que no requiere más de media hora. No es cuestión de que no haya habido tiempo suficiente para realizarlo; es cuestión de movilización de la voluntad.

Contrariamente, también me encuentro con casos en los que parece que la persona está a tope de trabajo, de actividades o de responsabilidades y, sin embargo, encuentra tiempo para estudiar una carrera, para una actividad solidaria en una ONG o para ir todos los días al gimnasio o a tal o cual actividad.

Lo que saco en conclusión es que, cuando algo nos motiva, nos interesa o nos importa, fácilmente encontramos el tiempo necesario para realizarlo. Sacamos tiempo de donde sea.

El tiempo es muy flexible: tenemos tiempo para aquello que nos importa, pero nada, o poco, para lo que no nos importa.

Esto me hace decir que la cuestión es que nos preguntemos si tenemos suficiente motivación para ello, porque entonces encontrará un espacio en nuestros quehaceres, y podremos ver cómo el tiempo parece que se estira y somos capaces de “encontrar el tiempo necesario para ello”. Realmente lo que hacemos es priorizarlo frente a otras cosas o asuntos. Por tanto, una clave fundamental para ver por qué hacemos o dejamos de hacer algo es nuestra motivación para hacerlo.

Esto me lo aplico a mí mismo. Ante cosas que repetidamente no hago y “quiero” hacer, me pregunto: “¿qué me pasa, por qué no lo hago?, ¿realmente estoy motivado?”. Y en ocasiones descubro que mi motivación no era suficiente, era muy superficial o no era una verdadera motivación. A veces era un simple deseo, una idea interesante, algo que puedo ver necesario, pero que “no me toma por dentro”, o el esfuerzo o dificultad supera la fuerza de la motivación.

Entrando más en detalle en esto, trato de observar en qué nivel de mi persona está la motivación, para ver de dónde nacen éstas y comprobar la profundidad o superficialidad de ella para hacerlo y lo que realmente está moviendo mi vida.

Descubro casos en los que la motivación principal era quedar bien ante los otros (la apariencia o la imagen). En otros casos la motivación era el deber (“tengo que…”), o el ideal (“debería…”), o los principios (“hay que hacerlo así...”), etc... Estas son motivaciones cerebrales.

Otras veces, las motivaciones son: agradar a los otros, no quedar mal, sentirse reconocido, no ser reprendido, o, simplemente, que no me multen. El miedo motiva; el no sentirse mal motiva. O hacer lo que me gusta, agrada o apetece, sin más. Estas son motivaciones a nivel sensible. 

También hay motivaciones que parten del cuerpo y que tienen que ver con la atención a sus necesidades o sus estados (descansar, dormir, comer, evitar sufrir, cubrir las necesidades sexuales, etc..).

A nivel profundo se pueden encontrar motivaciones que dinamizan y nos ponen en marcha. Son aquellas que parten de nuestras capacidades, aspiraciones o valores profundos; seguirlas nos hace crecer y realizarnos como personas. Por ejemplo, el gusto por ayudar, la capacidad de gestionar tal…, el deseo de crecer, el amor por…, etc, etc.

He comprobado que para movilizarme y no quedarme a medias toda mi persona tiene que estar dispuesta, activa y participativa, ya que esa decisión le afecta integralmente. La tiene que vivir el cuerpo, la mente, mi parte emocional y ser coherente con cómo soy de fondo. Entonces mi voluntad se puede movilizar más fácilmente para realizarlo o ponerlo en marcha.

Es importante que nos acostumbremos a pararnos a ver de dónde parten nuestros actos, o, dicho de otra manera, qué es lo que realmente hace que yo haga eso que he hecho, o que voy a hacer, o que me planteo hacer.

En PRH invitamos frecuentemente a acoger las motivaciones para llevar adelante algo, ya que, tomar conciencia de las motivaciones que realmente tenemos nos dinamiza, activa y hace que nos movilicemos con más determinación en la realización y puesta en práctica.

Para ver con más detalle algunos puntos tratados en este artículo, os invito a leer el capítulo 4: “¿Qué nos impulsa a actuar? El origen en nosotros de nuestros actos.” (páginas 55 a 69), del libro de PRH: Saber decidir, clave para ser feliz”.


Comentarios

Esteban Riera
13 August 2020
Luis. Tu artículo tiene una claridad y fluidez impresionante. Se ajusta a la realidad. Es un tema q también he analizado y llegue a esa conclusión : le “culpamos” al tiempo nuestras faltas de motivación . Abrazos

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